Enamorándome de la tormenta.

¿Qué más daba? No había problema en que el agua y la arena se juntaran.

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Te acercaste a mí y las nubes grises se asomaron a tu espalda, anunciando la tempestad que se avecinaba.

Tú eras la Luna.

Yo la marea.

¿Cómo no iba a sentirme atraída por ti?

Pero esto iba mucho más allá de la fuerza de gravedad.

Te abalanzaste sobre mí, como una gran ola tragándose un pequeño barco perdido en alta mar. Me besaste, hiciste que izara mis velas con el viento acariciando mi rostro, volando nuestra ropa, llevándonos hasta nuestro camarote, dándome la valentía para hacerte mía, ¿Qué más daba? No había problema en que el agua y la arena se juntaran.

Entonces escuché el canto melodioso de las sirenas, y en tus ojos pude ver gaviotas volar, delfines saltar, peces fuera del agua respirar. Mi corazón salió a cubierta y se empezó a bambolear, el radar emitió su señal de alarma, su aviso de peligro, pero ya estaba muy lejos de la orilla, no había manera de regresar, ya me encontraba navegando en tu salvaje mar.

Yo solo quería ser un náufrago en tu océano. El pirata que conquistara tu inmensidad.

Que bien se sentía la lluvia en mi cara. Que bien se sentía danzar al son de la corriente.

Mis pies sintieron el agua helada entrar por la proa,

dijiste que todo estaría bien.

Empecé a ahogarme, a sumergirme en ti,

suplicaste que no te dejara.

Oh, mi Poseidón,

y yo no tenía el valor para dejarte.

Tomé el timón.

Giré a babor.

Mis labios dispararon un “te quiero“,

proclamando mi condena.

Y me adentré en el ojo de la tormenta.

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