Me duele el tricolor.

Que nuestro escudo siempre esté lleno de olivos y palmas,
que nuestra capa siempre sea la bandera, el tricolor,
y el Gloria al Bravo Pueblo, nuestro grito de guerra.

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Luego de los últimos eventos de protestas que han tenido escenario en Venezuela, el corazón me ha llorado, me ha llorado como un niño chiquito exigiendo su chupeta, o para adecuarme a la situación: como todo un patriota queriendo dar la vida por su país. El corazón me ha llorado de impotencia, de rabia, de frustración. La desinformación juega con nosotros, nos aniquila, nos inunda de nerviosismo, de miedo, nos ahoga en angustia. La censura nos trata de poner una venda en los ojos, y un tapón en cada oído.

Han pasado tres semanas desde el primer llamado a manifestar PACÍFICAMENTE, que luego del comportamiento de los cuerpos de seguridad del país, se han convertido en tres semanas de intranquilidad, de ansiedad, de inquietud. Tres semanas con la mente dispersa; los pensamientos revolotean de aquí para allá, miles de preguntas me atormentan después de ver tanta maldad entre nosotros mismos, me carcomen el alma; me exigen respuestas, las cuales no consigo, y espero que ellos sí.

Preguntas para todos aquellos venezolanos que han levantado un arma en contra de otro venezolano:

¿Cómo pueden disparar con el fin de matar a mansalva?

¿Pueden dormir en paz luego de extinguir de la tierra un alma?

¿Cuántos son los fantasmas que los persiguen en la noche?

¿Cuántos muertos son los protagonistas de sus sueños?

No entiendo como el dinero puede seducir a la honestidad, cegar la moral, moldear los valores y los principios. No descifro lo insaciable que te puede volver la avaricia, la ambición, la codicia. No me explico por qué la represión, la violencia, la insensibilidad. ¿Tanta crueldad hay en el mundo?

Dudo mucho que herir con perdigones a sus hermanos venezolanos los haga sentir bien, que disparar bombas lacrimógenas con las que otros se ahogan los deje libre de remordimiento. No creo que después de matar a alguien que estaba protestando pacíficamente puedan dormir tranquilamente, y quiero creer que cada noche la conciencia los atormenta, que cada mañana la culpa los consume. Quiero creer que eso es así.

Entérense que no me asfixia el humo, no me asfixia el gas.

Me asfixia el hambre, la escasez, la impotencia, la rabia, las lágrimas, la inseguridad, la injusticia, la indiferencia.

Entérense que no me duele el impacto de los perdigones.

Me duele mi país, me duelen las muertes inocentes, la represión, la desesperanza de algunos, los sueños arruinados de muchos otros, las personas que han tenido que migrar (huir de su país), las familias destrozadas.

Y a pesar de todo, de que la muerte amenace con visitarme, de que el odio invada cada calle que transito, y que a diario me aceche el delito; lucho por un cambio, por un nuevo gobierno, por un nuevo camino.

Porque sigo creyendo que todavía queda un poquito de conciencia y humanidad en el ser humano. En que todavía hay corazones cálidos y bondadosos, aquí en mi tierra Venezuela. Que a pesar de todo lo que hemos pasado y los malos momentos, no es tarde para recuperar nuestra esencia tropical empapada de gentileza.

Y entre tanta maldad, entre tanto caos, me detengo para ver quien está a mi lado, y pienso en la situación de él o ella, que no debe ser nada diferente a la mía, ya que todos estamos viviendo el mismo calvario; y una vez más ocurre el estadillo, la estampida de preguntas para las personas que dirigen el país.

¿Cómo logran dormir tranquilos? (si es que lo hacen).

¿No se despiertan pensando cuántas personas en todo el país murieron en las últimas 12 horas?

¿Cuántas de los millones de personas que forman parte de la población llevan sin comer 24 horas?

¿Tan impasibles son ante la situación?

¿Tanto engordaron su vista gorda?

¿No temen que al que visite la muerte injustamente mañana sea un familiar?

Vivo, siento, y lloro una Venezuela destrozada.

Imploro, ansío, y anhelo que te pueda volver a llamar Tierra de Gracia (de gracia y más).

Espero que todos los venezolanos te podamos salvar, expulsar de ti a los tiranos, a los que te quisieron encadenar a la miseria. Porque madre, ellos te vieron desde la primera fila caer, ellos te apuntaron con sus fusiles y te dispararon a quema ropa, ellos te pisotearon, ellos te hundieron. Porque madre, ellos no pueden ser llamados tus hijos, su corazón no tiene los colores del tricolor.

Ya has sufrido suficiente.

Ya has aguantado mucho.

Ya has perdido demasiado.

Desnudemos el odio, desarmemos la violencia, seamos promotores de cambio y amor.

Nos diste tanto que ahora nos toca a nosotros dar todo por ti, nos toca defenderte en la calle.

Y cuando salgamos a la calle,

que nuestro escudo siempre esté lleno de olivos y palmas,

que nuestra capa siempre sea la bandera, el tricolor,

y el Gloria al Bravo Pueblo, nuestro grito de guerra.

Si vamos a perder algo, que sea el miedo, pero que nunca te perdamos a ti, Venezuela.

Vamos a bañarte de libertad “pequeña Venecia”.

 

2 thoughts on “Me duele el tricolor.

  1. La paz hace posible la prosperidad de los pueblos Anastasia. En Galicia llevamos prendido el agradecimiento en el corazón para la toda Iberoamérica que acogió nuestra diáspora durante las peores épocas de hambre y represión. Venezuela, Brasil, Argentina, Chile, Mexico, Uruguay y los demás hermanos siempre están presente en nuestras plegarias. Arrojen las armas y trabajen juntos por el bien de todos. Un abrazo.

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